Los lirios del jardín y la fe que florece
El día no era especialmente luminoso. El cielo estaba algo gris, y el aire traía esa calma que suele preceder a la lluvia. Pero aun así, mi esposa salió al jardín con su teléfono en mano, como suele hacer cuando algo la llama desde la tierra. Y allí estaban: los primeros lirios de la primavera, abriéndose paso entre el verde, ajenos al clima, fieles a su tiempo. Ella los fotografió con esa mirada que sabe encontrar belleza incluso cuando el sol no acompaña. Y al ver la imagen, me vino a la mente aquella frase del Evangelio que tantas veces escuchamos, pero que hoy resonó distinto: “Fíjense cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan, y sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos.” Qué sabiduría hay en esa comparación. Los lirios no se preocupan, no se esfuerzan por ser vistos. Simplemente florecen. Y en ese florecer silencioso, nos enseñan algo profundo: que la belleza, la fe y la presencia de Dios no siempre viene...

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