Los lirios del jardín y la fe que florece



El día no era especialmente luminoso. El cielo estaba algo gris, y el aire traía esa calma que suele preceder a la lluvia. Pero aun así, mi esposa salió al jardín con su teléfono en mano, como suele hacer cuando algo la llama desde la tierra. Y allí estaban: los primeros lirios de la primavera, abriéndose paso entre el verde, ajenos al clima, fieles a su tiempo.

Ella los fotografió con esa mirada que sabe encontrar belleza incluso cuando el sol no acompaña. Y al ver la imagen, me vino a la mente aquella frase del Evangelio que tantas veces escuchamos, pero que hoy resonó distinto:

“Fíjense cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan, y sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos.”

Qué sabiduría hay en esa comparación. Los lirios no se preocupan, no se esfuerzan por ser vistos. Simplemente florecen. Y en ese florecer silencioso, nos enseñan algo profundo: que la belleza, la fe y la presencia de Dios no siempre vienen acompañadas de sol o grandeza. A veces, se manifiestan en lo más simple, incluso en un día gris.

Como diácono, aunque mi actividad hoy sea más acotada, sigo creyendo que el ministerio no termina en el altar. Está también en el jardín, en la mirada que se detiene, en la contemplación que transforma. La fe no es solo doctrina: es también asombro.

Esta imagen de los lirios me recordó que cada día puede ser un pequeño milagro. Que Dios sigue hablando, aunque a veces lo haga en voz baja. Y que mirar con otros ojos —los ojos de la fe— es aprender a descubrirlo en lo cotidiano.

Gracias por acompañarme en este camino. Que esta primavera nos encuentre atentos, agradecidos y dispuestos a florecer.


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